viernes, 15 de enero de 2021

 

Con respecto al resultado final de las elecciones de EEUU




 
Hace un par de meses escribí una nota refiriéndome a las Elecciones Presidenciales de EEUU y la gran injerencia que los medios noticiosos tienen en sus resultados. Esta vez deberé extenderme un poco más en vista de los acontecimientos ocurridos el 6 de enero de este año en el Capitolio de los EEUU.

Para comenzar me referiré brevemente a las anómalas situaciones ocurridas las últimas semanas. 432.116 votos eliminados en Pensilvania, según la información de Data Integrity Group, y de otros 30.000 votos para Trump eliminados en el estado de Georgia, y de los 17.650 votos que fueron cambiados de Trump a Biden en el mismo estado.

Según Lynda McLaughlin, miembro de Data Integrity Group “Hubo movimientos de votos entre todos los candidatos. Sin embargo, no vimos el mismo tipo de descensos negativos a ninguno de los (otros) candidatos como los que vimos con los recuentos del presidente Trump. Y sucedieron repetidamente sin ninguna explicación”, según lo que explico al medio The Epoch Times.
 
Data Integrity Group es un grupo de científicos, ingenieros y expertos en aprendizaje automático que han estado trabajando juntos para comprobar si hubo o no manipulación de datos en las elecciones generales de 2020.
 
Para el mismo medio, The Epoch Times, el científico de datos Justin Mealey, ex técnico de guerra electrónica de la Marina de los EEUU y ex contratista de la CIA y analista del Centro Nacional de Antiterrorismo, dijo: “Lo que tenemos aquí es que en realidad hay un fraude que podemos probar en las elecciones, hubo fraude en las elecciones de Georgia, podemos probarlo con datos”.
 
También en Georgia se hizo conocido el caso de los funcionarios electorales que tenían maletas con miles de votos escondidos debajo de las mesas, y que sacaron luego de que los observadores republicanos se fueron.
En Michigan se dio el caso de maletas llenas de votos que descargaron desde vehículos con patentes de otros estados.
Estados como Nevada y California enviaron millones de papeletas a las personas en sus listas de votantes, independiente de que estas personas las hubieran pedido o no, independiente de que estas personas estuvieran vivas o muertas, recibieron papeleta para votar igual.
En Wisconsin, la Junta Electoral del Estado no pudo confirmar la residencia de más de 100 mil personas, entendiéndose que muy probablemente sean ilegales, sin derecho a voto. Repetidamente se negaron a quitar estos nombres de sus listas de votación.
Y, también en Wisconsin, fue bastante conocido el incidente en el cual Trump iba ganando por mucho en el conteo de votos, y a eso de las 03:42 de la madrugada, abruptamente el conteo cambia a favor de Biden, dándole la ventaja.
 
Y también son bien conocidos todos los innumerables casos en distintos estados en que el número de votos fue mayor que el de las personas inscritas para votar; gente muerta que en un gran sentido de responsabilidad cívica votaron igual (algunos datan del año 1900, y se comenta por ahí que Joe Frazer, campeón mundial de boxeo, que protagonizó junto a Muhammad Ali la "Pelea del Siglo" en 1971, también votó); observadores republicanos que fueron obligados a ver el escrutinio desde lejos; gente que llegó a sus locales de votación a ejercer su derecho y los funcionarios electorales les avisaban que ellos ya habían votado vía correo. Y así, suma y sigue la infinidad de casos irregulares. También hay que tener en cuenta a los testigos de numerosos incidentes con declaraciones juradas en los tribunales estatales.
 
El 6 de enero de este año, el Colegio Electoral y el Congreso se reunieron para tomar una decisión con respecto a las elecciones presidenciales del 3 de noviembre del año pasado. Era de esperar que al tomar esta decisión se tuviera en cuenta las pruebas de fraude. Era de esperar que Mike Pence, vicepresidente de los EEUU, impugnara (rechazara) los votos electorales. Ni las pruebas fueron tomadas en cuenta, ni el vicepresidente impugnó los votos, aduciendo que la constitución se lo impedía.
Al saberse esto, una masa de gente asaltó el Capitolio, donde se llevaba a cabo la votación. Hubo 5 muertos y numerosos heridos y detenidos, como hemos visto en los noticieros.
El presidente Donald Trump hizo un llamado a la calma y condenó los hechos ocurridos en el Capitolio mediante un video difundido en redes sociales.
 
Lo grave es que ni la Corte Suprema tuvo interés en tomar cualquiera de los casos de fraude, ni el Congreso quiso asumir la responsabilidad de investigar.
 
Que la Corte Suprema y que el Congreso no hayan tenido ninguna intención de estimar las pruebas de fraude que se acumularon, es algo que puede catalogarse como sumamente preocupante, sobre todo teniendo en cuenta que estamos hablando de la potencia más grande del mundo. El vicepresidente Pence no quiso impugnar los votos electorales. Más preocupante aún, ya que según expertos él podía oponerse a la certificación de los votos electorales.
 
Pero esta situación no es algo tan descabellado si tomamos en cuenta que tanto demócratas (oposición) como parte de los republicanos (oficialismo, partido de Trump) no toman decisiones en favor del bien de los ciudadanos, sino que siguen la agenda dictada por ciertos organismos y potencias intervencionistas que no buscan precisamente algo honorable. Trump se opone a todo ello.
 
Recordemos que Trump no proviene del mundo político. Proviene del mundo empresarial. Es un magnate. Es lo que se denomina en el mundo angloparlante como un outsider, viene de afuera, no tiene una carrera política previa, no piensa como el resto de los políticos, algo que suscita resquemor, desconfianza y odio en tales sectores. A esto hay que sumarle que debido a su discurso y postura, en todo el país se levantó un despertar patriota y conservador que no contaba con voz ni representante y vieron en Trump una figura idónea para crear un movimiento. Cabe recordar que tanto patriotas como conservadores iban perdiendo cada vez más terreno y presencia en el país debido al avance del progresismo, el multiculturalismo, la agenda LGTB, la inmigración ilegal, etc.
 
Un mandatario que no está dispuesto a seguir las órdenes dictadas por organismos supraestatales como la ONU, la OMS, la Comisión Trilateral, etc. Un presidente que no está dispuesto a obedecer ni a demócratas ni a republicanos. Un tipo que no depende financieramente del dinero que le otorga el Estado, y que puede tomar las decisiones libremente sin que presiones políticas y de intereses estatales le afecte de manera alguna. Una persona así claramente es un peligro para el establishment. Para estos sectores, alguien que no juega en favor del grupo que dicta las reglas del sistema, es alguien indeseable. Una persona dijo por ahí en cierta ocasión: “Donald Trump es un antisistema”. Había que sacar al antisistema sí o sí y cambiarlo por alguien mucho más funcional y obediente al globalismo.
 
Qué mejor medida para acabar con el mandato de un presidente que con un impeachment. Pero qué es un impeachment. Un impeachment vendría siendo algo así como una acusación constitucional, juicio político o proceso de destitución con el cual no sólo se busca acabar con su presidencia (cosa sin mucha importancia, teniendo en cuenta que el 20 de enero deja el cargo), sino que también busca negarle todos los beneficios propios de un expresidente, como pensión, medidas de seguridad, presupuesto para viajes de hasta 1 millón de dólares, etc. Pero lo más importante de todo: se le puede prohibir ejercer cualquier cargo público en el futuro, y con esto se le negaría la posibilidad de postularse para las elecciones presidenciales de 2024. O sea, un plan perfecto. Pero según la voz de expertos, es poco probable que este proceso rinda frutos.
Recordemos que ésta no es la primera vez que a Trump intentan destituirlo con un impeachment. En diciembre de 2019, la Cámara de Representantes inició el mismo proceso en su contra debido a una supuesta manipulación hacia el gobierno de Ucrania para que investigara supuestas irregularidades cometidas por Hunter Biden, hijo de Joe Biden. Finalmente el Senado absolvió a Trump de todos los cargos.
 
Trump ya avisó que no irá al cambio de mando del 20 de enero, dando a entender que no reconoce la victoria de Biden, y que no tiene intención alguna de ser parte de un show que, mientras más pase el tiempo, más pruebas de fraude va acumulando y más se irá aclarando.
 
Por otra parte, Twitter, Facebook, Instagram, Twitch, Snapchat suspendieron las cuentas de Donald Trump con el argumento de la supuesta “incitación al odio”. Al momento de los disturbios en el Capitolio, Trump subió un video en su cuenta de Twitter haciendo un llamado al orden y a la tranquilidad, diciendo que a pesar de que “las elecciones presidenciales fueron robadas, hay que obedecer la ley y el orden, y es mejor irse a casa”. Momentos después, Twitter bajó el video.
Ahora último se le sumó Youtube, suspendiendo su canal.
Distintos líderes mundiales han demostrado su repudio debido a estos actos de censura, propios de estados totalitarios. Entre estos líderes destacan Angela Merkel, Andrés Manuel López Obrador y Alekséi Navalni.
Debido a esta censura, el mismo Trump avisó que es muy probable que en un tiempo más cuente con su propia plataforma digital de información donde tenga absoluta independencia de las Big Tech y así evitar cualquier muestra de bloqueo mediático en su contra. En lo personal, imagino que él ya debe tener en consideración la posibilidad de levantar su propia cadena televisiva. Trump TV.
 
En cuanto a los medios masivos de comunicación, era de esperar que su narrativa fuera coherente con su agenda política globalista. Es entendible el hecho de sumarse oportunamente a la condena y repudio de los actos violentos en el Capitolio ocurridos el 6 de enero; hasta Donald Trump los condenó. Pero de ahí a venir a catalogar este incidente como “golpe de estado”, cuando a mediados del año pasado grupos violentistas y terroristas como Antifa y Black Live Matters destruyeron, quemaron, saquearon y amedrentaron a un país completo, dejando 47 muertos, y los medios masivos de desinformación los tildaban de “protestas legítimas” (me suena de alguna parte eso, dónde lo habré visto), entonces no queda nada más que asumir que la hipocresía será una constante en las grandes cadenas televisivas. A los medios masivos de propaganda no les tiembla la mano al momento de instaurar una narrativa.
Y relacionado a esto, la policía arrestó a algunos miembros de Antifa y BLM que estaban infiltrados en los desmanes del Capitolio.
 
La cosa es clara: el globalismo avanza a pasos agigantados, los organismos supraestatales tienen cada vez más dominio sobre los países quitándoles libertades y derechos a los ciudadanos al punto de cometer fraude y dándoles beneficios a los personajes que tienen los mandos estatales para que impongan políticas intervencionistas (leyes de inmigración, leyes de género, leyes de autonomía en menores de edad, leyes de aborto, etc.) que buscan encausar el destino de las naciones para que finalmente se destruyan, hagan implosión, dejen de existir y nos convirtamos todos en una gran masa uniforme mundial sin derecho a voto ni decisión. Hablo de un rival que no se deja ver, pero que maneja muy bien sus cartas introduciendo el progresismo y el socialismo en las naciones libres y en la mente de las personas a través de leyes, a través de la educación, a través de la televisión, de los noticieros, del cine, de la música, el arte, la filosofía, etc.  
 
 
Ante un peligro de esta envergadura, es absolutamente lógico esperar como respuesta una fuerza que se levante contra esta oleada globalista, una fuerza que busque defender la soberanía propia de los países formados por ciudadanos que quieren vivir libres, en paz y dueños de su destino, sin que vengan extranjeros o supraestados a decirles cómo tienen que vivir, o cómo debe ser la calidad de ese vivir. Una fuerza que, más allá de quién sea su representante o figura principal, se constituya en un muro de granito en contra de todo lo que es el azote del progresismo y el socialismo; estas dos, armas principales del globalismo. Un muro de acero y granito que busca proteger y mantener viva la historia de las naciones, las tradiciones, las creencias y toda la cultura propia de nuestro mundo occidental, que se ha forjado por siglos y que sienta sus bases en la cultura helénica (antiguos griegos), luego los romanos, posteriormente adquiriendo forma en la cristiandad, hasta llegar a nuestros días. El singular atacante que enfrenta nuestra cultura occidental actúa rápido y silencioso para ganar terreno en nuestra sociedad, pero esa rapidez en su actuar le juega en contra. El descaro e hipocresía por implantar nuevas normas y un nuevo sentido común en los cerebros de la gente se hace demasiado evidente a través de los medios.
 
Es necesario esclarecer y tener siempre presente que cualquier fenómeno que ocurra en EEUU, repercute en el resto del mundo, y en Latinoamérica, tanto económica, como política, social y culturalmente. Lo que se vive en el país del norte es lo mismo que se está viviendo en nuestro país, en nuestro continente: un choque de ideas, un choque de culturas.
 
No es de extrañar que Trump, a pesar del fraude del que fue víctima junto con los 75 millones de estadounidenses que votaron por él y que se les estafó, no baje los brazos ni se dé por rendido, sabiendo lo insistente, lo irreverente y lo malo para perder que es. Ya dijo que seguirá recabando pruebas del fraude electoral para usarlas como armas en el futuro; probablemente establezca su propia plataforma digital de comunicación; no sería raro que levante un canal de televisión (Trump TV); y lo que aún no ha dicho pero se comenta en muchos lados: que forme su propio partido político, acorde al movimiento que levantó, lejos de republicanos y demócratas, donde sólo le rinda cuentas a los estadounidenses que votan por él.
 
 

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